A Joselito Navarro Ledesma, objeto eterno de aquellos lances.
El Roedor- Aristófanes Urbáez
Hoy, dÃa de la Virgen de la Altagracia, patrona y protectora del pueblo dominicano, les relato esta crónica pueblerina, porque Guedón o La Guedona –que es como le llaman en el pueblo, aunque ignoro etimológicamente de donde viene el nombre–, siempre exclama: “¡Ay, Virgen SantÃsima!â€, “¡Avenuncio!†o “¡Ave, MarÃa!â€.
La Guedona pertenece a un núcleo mayor que les llaman “los dóndorosâ€, aunque tampoco sé que signifi ca, pero sus familiares son los primeros que echan las carcajadas ante su folklorismo.
Angélica –que le llamaban “La Corronda†o “Cacho de mulaâ€, tampoco sé porqué— era la madre de La Guedona y de Gueran y de otros cuatro hermanos, pero los más famosos, por sus acciones, son estos últimos.
La Vieja Angélica estaba emparentada –por los Espinosa– con mi santa madre y fi lósofa china preferida, Emperatriz Matos Vda. Urbáez, razón por la que cuando adquirà conciencia, ya la conocÃa porque mi padre, Eleogildo Urbáez, era un hombre generoso y siempre le daba el café o para acompañar los plátanos.
Era un vieja de hierro, que se levantaba a las cinco de la mañana, nunca se enfermó, y hacÃa de todo por mantener a esos manganzones, que no le daban un centavo, aunque peleaban si no habÃa comida en la mesa, fruto del esfuerzo único de la vieja.
En un pueblo sin división de clases defi nida, la vieja Angélica, visitaba a todo el que pudiese darle un lavado o planchado para mantener a esos ‘turmuses’, que hasta la amenazaban si no habÃa comida.
Guerán tiene 70 años bregando con bicicletas y nunca se le ha conocido novia, ni se ha casado, y es tan tacaño, que se amarra el bolsillo del dinero con alambre dulce por la parte de adentro, para dar la impresión de que el bolsillo es más corto de la cuenta.
Y La Guedona, en una ocasión –distraÃda discutiendo con su sobrino primo Lión–, se lavó las manos en una coctelera de agua de coco con limón que hacÃan Alfredo Dotel y Chachá en mi casa, y cuando le dije que habÃa metido sus manos sucias en el ‘coctel’, no obstante que el agua le chorreaba por manos y brazos, armó un alboroto negándolo: “¡Ay, no, yo no he metido la mano en esa agua; ustedes son unos criminalesâ€.
No habÃa prueba o evidencia que lo convenciera de que hizo algo. ¡Nunca admitÃa nada! Como tenÃa el “lisioâ€, Empera, desde que llegaba, mandaba a que tuviéramos ojo avizor.
Una vez, Ramón, mi hermano, se bañaba y colgó su camisa en un clavo –sólo dos camisas rojas habÃa en el pueblo, porque estamos en Los Doce Años, y el rojo y el verde eran peligrosos–, en ese breve tiempo se desapareció la camisa.
Tremendo misterio, pues La Guedona estaba presente. Mientras la vieja Empera y Ramón cavilaban sobre la desaparición de camisa tan singular, Isa MarÃa Matos, mi prima, salió subrepticiamente y fue a la casa de La Guedona, revolvió todo y encontró la camisa en el fondo de una caja de trapos viejos.
Cuando la trajo y dijo dónde la encontró, La Guedona duró más de un mes desmintiendo que se la haya llevado la camisa. TodavÃa calculo a qué velocidad viajó.
2.-FELLITO era un muchacho querido por todos, por su familia y porque ‘cherchaba’ mucho. Le dio un edema jugando baloncesto y murió. Como habÃan muerto otras personas en esos dÃas, un temor difuso se apoderó del pueblo porque un tal Gares dizque habÃa avistado a un hombre enorme y alto al que la imaginación insular apodó “El Zancudoâ€.
De repente, Gueran oyó una voz que le dijo: “El próximo eres túâ€. Cayó en cama con unas fi ebres, escalofrÃos, y un crujir de dientes, mientras La Corronda acudÃa a la ayuda de quienes la socorrÃan, y brebajes vienen y brebaje van, pero el enfermo, con la idea fi ja de que él serÃa el próximo, vino a pararse de la cama a los seis meses. Ese episodio casi mató a la vieja.
Después tenÃa un gallo manilo con hermosas espuelas, pero un dÃa se las robaron. Se lo pegó a un tal Trenes, pero por miedo al supuesto ladrón, fue la vieja Corronda quien puso la querella.
Al Trenes negar en el Juzgado de Paz que hubiese robado las espuelas –para venderlas para gallos de pelea–, la vieja le susurró detrás del banquillo de los acusados: “Confi ésalo, Trenes, porque en este pueblo todo el mundo sabe que esa es tu profesión†(robar).
Eso lo enfureció y se armó un ‘titingó’ en el Juzgado en que Trenes le voceó de todo, hasta “ladrona de chicharrones calientes donde TebÃnâ€.
El cobarde de Gueran se quedó en la cueva. La Guedona debe tener unos sesenta años y tampoco se ha casado, aunque todos saben sus inclinaciones. Una vez se metió a pulguero, pero más por el “lisio†que por ignorancia, querÃa vender sus trapos ajados a precios exorbitantes y a todo le llamaba alhaja.
“¿Y te vas a perder esa alhaja?â€, insistÃa. En ese intercambio y prorrateo pretendÃa cambiar jarros de aluminio por otros de hojalata preparados por un tal Apolonio, a los cuales les colocaban un asa. Evidentemente que era el trueque de ‘capar perros’, y no sé si alguno cayó en el gancho.
3.- “LOS DÃAS de mercado en Tamayoâ€, Gueran y La Guedona, preparaban un motor desvencijado, subÃan la mercancÃa, y partÃan a ver si engañaban a algún haitiano, pero dejaron el negocio porque Vicente Noble –¡eso hay que verlo!—es el pueblo más imaginativo y burlón del paÃs, y los tÃgueres se paraban en el trayecto a vocearle, mientras los hermanos echaban pestes, maldiciones y diablos como nadie en el mundo, o terminaban, por la tacañerÃa, peleándose entre ellos.
Los pleitos eran, sobre todo, porque Guedón perdÃa mucho tiempo tratando de convencer a los clientes, quienes se negaban a comprar sus “alhajas†con un no rotundo. Llegó un momento que cuando La Guedona venÃa a pie con el bulto de trapos en la cabeza anunciando “¡Ropa; vendo ropa!â€, muchos cerraban sus puertas.
La Guedona tiene el pelo malo y enrollado como anillos, que casi no le crece, y en pleno carnaval de viaje a España, Ovidia Méndez, cometió un crimen, pues al no poderle halar los cabellos, le colocó un emplaste de desrizado que le quemó todo el cuero cabelludo.
¡HabÃa que ver como andaba el infeliz con un trapo espantando mimes y moscas que les asediaban el caco, mientras unos se burlaban y otros huÃan para no ver aquel espectáculo tan deprimente!

